Imagen del libro Mathias Goeritz. Recuerdos de España (1940-1953) | La maleta de viaje de Mathias Goeritz. De España a México

Opinión

La maleta de viaje de Mathias Goeritz. De España a México

 

La atención del Museo Reina Sofía hacia las realidades periféricas surgidas a partir de la Guerra Fría, y más en concreto por los flujos de ida y vuelta entre los discursos vanguardistas en España y Latinoamérica, son, en palabras de Manuel Borja-Villel, los motivos centrales que argumentan la organización del proyecto Mathias Goeritz. El retorno de la serpiente y la invención de la arquitectura emocional. Las mismas razones explican el contenido de la exposición que, según anota el director del museo, es "toda una declaración de intenciones que la misma no sitúe su centro en el tentador horizonte cercano, el de la presencia de Goeritz en España y su participación en la vanguardia de posguerra y, de manera destacada, en la forja de la Escuela de Altamira, sino precisamente en su salto al otro lado del Atlántico y su definitiva conversión en un artista trasnacional".

Ocurre, sin embargo, que la trayectoria de Mathias Goeritz (Danzig, 1915 - Ciudad de México, 1990) en México no se comprende en toda su dimensión si se pasa por alto su experiencia en España donde, además de reorientar su especialización en el arte alemán del siglo XIX por el español del siglo XX, consolidó sus extraordinarias dotes como impulsor de proyectos expositivos y editoriales, propios y ajenos. Y todo lo aprendido en España lo trasladó a México.

En octubre de 1949, Mathias Goeritz llegó a Guadalajara, Jalisco, invitado por Ignacio Díaz Morales para impartir clases en la Escuela de Arquitectura del Instituto Tecnológico. No pudo causar mejor impresión en quienes lo habían contratado, pues era mucho lo que Goeritz llevaba en su maleta de viaje; y todo extraordinariamente prometedor. La experiencia vivida en España, donde se instaló tras la Segunda Guerra Mundial, explica que en apenas dos meses lograra transformar el ambiente cultural de Guadalajara. Además de profesor, alentó la apertura de galerías de arte cuya programación dirigió, coordinó numerosos proyectos editoriales, y expuso sus obras. Y como he señalado, la mayoría de las exposiciones que programó guardaban estrecha relación con los dos grandes proyectos realizados en España: la colección Artistas Nuevos y la Escuela de Altamira.

El viaje a Guadalajara impidió a Goeritz asistir a la Primera Semana de Arte en Santillana del Mar a pesar de haber sido quien ideó el proyecto de la Escuela de Altamira, de la que nunca se olvidó: el cartel de las Cuevas de Altamira que había diseñado ocupó lugar principal en las aulas de la Escuela de Arquitectura, la experiencia de "su" Escuela de Altamira motivó discusiones teóricas e intervenciones artísticas con sus alumnos y, durante meses, Goeritz mantuvo expectantes a sus amigos de España con la posibilidad de celebrar la Segunda Semana de Arte en México. Insistió con una tercera; cuando la Escuela de Altamira agonizaba.

En España Goeritz lo aprendió todo de Ferrant, que también le facilitó su agenda personal a través de la cual logró lo que parecía imposible: reunir a quienes habían quedado aislados al iniciarse la Guerra Civil, a los que se sumaron los más jóvenes; esa fue la más valiosa aportación de Goeritz al proceso de normalización de la cultura española de posguerra. A todos implicó en sus iniciativas, que pasaban por editar y exponer. Muchos de los artistas (Ferrant, Llorens Artigas, Miró, Nieva, Nyberg, Stubbing o Tharrats) y proyectos (homenaje a Klee, arte de los niños), que atendió en la colección Artistas Nuevos, los presentó o adaptó en Guadalajara. Sin descuidar al arte tapatío ni al internacional. No en vano Goeritz se posicionó en la corriente internacionalista, libre de caligrafías políticas, en expresión de  Carlos Mérida; lo que motivó desencuentros y polémicas con los nacionalistas.

Los ecos de su estancia en Guadalajara llegaron a Ciudad de México, donde colaboró con la galerista Inés Amor y con Luis Barragán quien, como Ángel Ferrant, fue su maestro. La construcción del Museo Experimental El Eco, su particular cueva de Altamira, señala el final de una etapa y el comienzo de otra nueva en la trayectoria de Mathias Goeritz. Ya lejos de España.

España queda tan lejos en esta exposición del Museo Reina Sofía que lo más aconsejable hubiera sido obviar las dos salitas tan desangeladas como anecdóticas en contenido que se han dado en titular "España" y "Altamira". Las obras de Ferrant, Miró, Stubbing, Nieva y Crespo son las únicas que acompañan a una breve selección de las realizadas por Goeritz en España y Guadalajara (Jalisco), junto a documentos de su estancia en Tetuán y Tánger como delegado del Instituto Alemán de Cultura y su vinculación con el Partido Nacionalsocialista que, tras años de ocultación, se exponen por vez primera después de haber sido publicados en el libro Mathias Goeritz. Recuerdos de España [1940-1953].

Tras el derrumbe de Alemania en la Segunda Guerra Mundial, Goeritz encontró refugio en España. Aquí aprendió a sobrevivir reinventándose, hasta que muy pronto su arrolladora personalidad le convirtió en indispensable para quienes aspiraban a romper el silencio impuesto. En la historia de Mathias Goeritz están adheridos fragmentos ilusionantes de la historia de Tomás Seral y Casas, Ángel Ferrant, Benjamín Palencia, Pablo Beltrán de Heredia, Ricardo Gullón, José Llorens Artigas, Sebastián Gasch, Rafael Santos Torroella, Eduardo Westerdahl, Carlos Edmundo de Ory, Francisco Nieva, Ángel Crespo, los grupos Dau al Set Pórtico, Stubbing, Antonio Saura, Eugenio d'Ors, Nicolás Muller o Juli Ramis. Horizonte no solo tentador al que asomarse, sino de obligado cumplimiento para saber de Mathias Goeritz.

Para finalizar, un último apunte: es tal el desinterés del Reina Sofía por esta etapa de la trayectoria de Goeritz en España que incluso se detecta un error de fechas en el primer párrafo de la nota correspondiente a la exposición en la página web del museo. Por Chus Tudelilla


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