Nicolas Massieu y Matos

Nicolas Massieu y Matos

  • Datos biográficos

    Nació en 1876 en España

    Falleció en 1954 en España

  • Nicolás Massieu y Matos Galardonado con la Insignia de Alfonso X El Sabio Insignia Alfonso X el Sabio concedida a Nicolás Massieu y Matos Salón de Actos del Cabildo Insular de Las Palmas de Gran Canaria / 6 de septiembre de 1948 …“Como autor de marinas es una verdadera pena que este pintor no haya producido con más extensión obras de esta naturaleza. Las reducidas muestras que de ellas tenemos acusan una interpretación perfecta y una manera original, fuerte y sobria que le hacen triunfar plenamente en este difícil género, tan poco grato, en general, a los artistas españoles y que entre nosotros se ha cultivado con maravillosa maestría del gran Néstor, cuya pérdida no lloraremos nunca lo suficiente. Precisamente, fue una marina la obra seleccionada de las que Nicolás Massieu envió a la Exposición de artistas de esta Provincia celebrada en Madrid, que dio ocasión a que le fuera concedida la Cruz de Alfonso el Sabio, que en este día se le impone”… …“Como autor de marinas es una verdadera pena que este pintor no haya producido con más extensión obras de esta naturaleza. Las reducidas muestras que de ellas tenemos acusan una interpretación perfecta y una manera original, fuerte y sobria que le hacen triunfar plenamente en este difícil género, tan poco grato, en general, a los artistas españoles y que entre nosotros se ha cultivado con maravillosa maestría del gran Néstor, cuya pérdida no lloraremos nunca lo suficiente. Precisamente, fue una marina la obra seleccionada de las que Nicolás Massieu envió a la Exposición de artistas de esta Provincia celebrada en Madrid, que dio ocasión a que le fuera concedida la Cruz de Alfonso el Sabio, que en este día se le impone”… …“Inmediatamente el Excmo. señor Capitán general de Canarias, laureado general don Francisco García Escámez, deja la presidencia y se coloca en el estrado del salón. Le sigue el pintor. El general García Escámez comienza diciendo que nada tiene que añadir a las elocuentes palabras pronunciadas por los oradores que le han precedido. Agregó que se sintió muy honrado cuando por las autoridades que organizaron y patrocinan el acto le fue ofrecida la presidencia del mismo y porque, además, siente un gran afecto por el ilustre pintor canario don Nicolás Massieu. Añade que para él es un motivo de gran satisfacción prender en el pecho de tan preclaro hijo de Gran Canaria una justa recompensa otorgada por el Gobierno en nombre del cual –dice– «voy a imponer al pintor canario don Nicolás Massieu la insignia de la orden de Alfonso X, el Sabio»”... En Las Palmas de Gran Canaria, Domingo, 8 de septiembre de 1948 Periódico Falange, Página cinco. Transcrito por Grupo Artemorilla www.artemorilla.es HOMENAJE AL PINTOR NICOLÁS MASSIEU ___________________ Le fueron impuestas las Insignias de Alfonso X El Sabio _____________ Presidió el acto el Capitán General de Canarias con las autoridades provinciales Domingo, 8 de septiembre de 1948 Periódico Falange / Página cinco Celebróse el viernes por la tarde, en el salón de actos del Cabildo Insular, el anunciado homenaje al pintor canario Nicolás Massieu Matos. Habíase adornado el local con sencillo, pero exquisito buen gusto. Ocupó la presidencia el Excmo. Sr. Capitán general de Canarias, Laureado general D. Francisco García Escámez e Iniesta con el Excmo. Sr. Gobernador civil de la provincia Sr. Olazábal, el presidente del Cabildo Insular de Gran Canaria, Sr. Vega Guerra, y el alcalde de la Ciudad, señor Hernández González. También figuraban en la presidencia los Excmos. Sres.: Comandante general de la Base Naval de Canarias, almirante Pastor Tomasety y Gobernador militar de la plaza, general Jiménez; en representación de la Excma. Audiencia, Sr. Fernández de Castro, vicepresidente del Cabildo Insular señor Suárez Franchy; presidente del Museo Canario Sr. Díaz Hernández; delegado de Bellas Artes Sr. Cúllen del Castillo (don Pedro) y el homenajeado. Abrió el acto el presidente del Cabildo Insular don Matías Vega Guerra, que ofreció el homenaje de la isla cuyas bellezas naturales también había sabido recoger con sus maravillosos pinceles y llevarlos al lienzo el pintor Nicolás Massieu, y terminó leyendo varias adhesiones recibidas, entre las que figuran: del Director general de Bellas Artes, Marqués de Lozoya; de los Ayuntamientos de Guía y de Agaete; del Museo Canario y de los presidentes del Cabildo Insular y Círculo de Bellas Artes de Tenerife. Seguidamente hace uso de la palabra el Alcalde de la Ciudad y procurador en Cortes, don Francisco Hernández González, que también ofreció el homenaje «público y jubiloso al ejemplo y al magisterio, siempre fértiles y renovados, de don Nicolás Massieu y Matos. Un homenaje que, quizá por feliz trasgresión, real y viva, de los usos, no es un epilogo ni siquiera una coda brillante en la labor larga y fecunda de este excepcional artista nuestro, dueño aún de todos los atributos de la plenitud creadora». Después de aludir a «cuánto hay en don Nicolás de encarnadas esperanzas, de promesas fructificadas», y de cómo «ha sabido ganar el respeto y el cariño de las generaciones», se refiere a la canariedad auténtica e insoslayable de don Nicolás, que ha podido revestir a su vida y a su obra de esa depuración y esa elegancia que las hacen inigualables. Cuando sus cuadros –dice– recogen casi con femenina mimosidad un verde trozo de paisaje, o las piedras viriles de la montaña, o un rincón florecido de recogida paz, trascienden sobre todas las cosas un ardido amor al contorno insular enraizado en la propia vida. Pero igualmente aún en aquellas otras obras en que se desembaraza de toda teatralidad superflua y sensual y queda la pintura en los puros huesos, en una soledad austera, valiente y sin titubeos, hecha solo de aire y de claridad perennes en derrededor de aislados objetos, elementales, se me antoja que don Nicolás ha interpretado como nunca la línea medular de nuestra alma. Porque la rumorosa ola del mar, no es para Canarias un cerrado anillo de aislamiento, sino que, ancha y abierta como la esperanza, eleva el espíritu hacia las estrellas. Pienso, pues, que esos cuadros últimos de don Nicolás vienen a decirnos, como Shakespeare cantara, que esta carne que nos amuralla la vida no es bronce inexpugnable. Don Nicolás sabe bien que sólo se encuentra la belleza cuando se contemplan las cosas envueltas en un fresco y eterno dardo de luz. Don Nicolás Massieu es la vocación cumplida con hermosa fecundidad, añade. La alta recompensa que le ha sido dispensada nos brinda hoy la ocasión feliz de decir a don Nicolás Massieu y Matos que ha honrado con su obra insigne a la Ciudad que le vio nacer. Y que la Muy Noble y Muy Leal Ciudad del Real de Las Palmas de Gran Canaria se honra también contándole entre sus hijos más dilectos. Discurso del Delegado Provincial de Bellas Artes A continuación habla el delegado provincial de Bellas Artes y archivero municipal de Las Palmas, don Pedro Cúllen del Castillo, que pronunció una interesante conferencia sobre «Nicolás Massieu, pintor de Gran Canaria». Dijo así: «Excmos. Señores; Señoras y Señores: Jamás ha podido imponérseme una más grata obligación que la que cumplo en estos instantes. Confieso que constituye para mí un penoso esfuerzo presentarme ante vosotros, tan ávidos siempre de oír palabras autorizadas y tan propicios a experimentar desengaños. Pero, mi puesto oficial y la representación personal que para este acto se ha servido conferirme el Excmo. señor Marqués de Lozoya, deseoso de sumarse al homenaje que celebramos, me fuerzan a venir aquí con temor y con entusiasmo. Hace ya muchos años que admiro a la persona y al arte de don Nicolás Massieu. Con ocasión de aquella memorable serie de días en que sus cuadros estuvieron expuestos a la pública contemplación en el Hotel «Santa Catalina», verdadero suceso artístico de la época, escribí mi primera crónica. Y, desde entonces, el tiempo no ha servido para otra cosa que para acrecentar mi fervor por el arte y la persona de nuestro homenajeado. Por eso no es de extrañar que en cuanto se me presentara la ocasión la aprovechase para sugerir la oportunidad de rendir este tributo, que, al fin, vemos realizado por el interés de las Corporaciones públicas, plenamente conscientes de interpretar así el sentir de la colectividad. Nada más justo que este homenaje. Estoy seguro que pocas veces se ha realizado acto alguno que responda más adecuadamente a un estado de general opinión; porque Nicolás Massieu ha logrado la rara doble virtud del aprecio personal y de la admiración artística. Es, en primer lugar, un modelo de caballerosidad: bueno, amable, comprensivo, generoso y correcto con todos y más aún con sus compañeros, con una manera de ser quizá anacrónica en esta época desgraciadamente bastardeada por las pasiones y por la ambición desmedida. Pero es, por encima de todo, el pintor de nuestra tierra que ha sabido, en un alarde de facultades, llevar su arte a una progresiva perfección y lograr así mantener constante el fervor de los entusiastas. Comenzó a pintar Nicolás Massieu desde muy joven, arrastrado por su irrefrenable vocación. Inútiles fueron los consejos y advertencias familiares, esas advertencias que forzosamente han de verter a toda hora los que quieren preservar a los seres queridos de las angustias y privaciones que supone siempre la carrera artística. Inútiles fueron sus propios intentos de armonizar su arte con una ocupación práctica que asegurase el incierto porvenir. Una y otra vez la llamada imperiosa e ineludible de su vocación había de llevarle al cultivo de la pintura, para el que había nacido y al que se consagraría la totalidad de su existencia. Y, por extrañas circunstancias, esta vida artística que empezó a desenvolverse entre nosotros volvió a nosotros para honra y gloria nuestra, tras vicisitudes variadas que pudieran llevarle por otros derroteros o a cultivar su arte en tierras extrañas. Lo que sus ausencias significaron para su formación nadie lo sabe exactamente, ni, incluso, el propio pintor. Porque ocurre que nuestras cotidianas experiencias van dejando un sedimento inapreciado que, a la larga, lleva a constituir el fondo de nuestra compleja personalidad. Así, podemos presumir que si no hubiese estado en Inglaterra, Roma, París o Buenos Aires no sería él este artista que tanto nos emociona con el magnífico desarrollo de su arte exquisito. Mucho debe a Francia Nicolás Massieu en su aprendizaje, pero debe también muchísimo a los otros lugares por él visitados y a las personas de distinta nacionalidad con las que convivió, en lao que a la forja de su personalidad se refiere. Es más, casi estoy por afirmar que la contemplación del panorama argentino, con sus infinitas llanuras y sus inmensas sierras sirviéndoles de límite le hicieron, por contraste, ir precisando el perfil de la isla y sus accidentes día a día, amorosamente, con deleite nostálgico, con evocación sentimental plena de ternura y emoción. Las enseñanzas parisinas, que recibió en la academia de Julien y bajo la dirección de Laurenz, fueron decisivas; pero, ¿es que su estancia en Italia careció de significado? Ningún artista puede eludir la influencia del medio que le rodea. Así, Nicolás Massieu que marchó a Roma desde Inglaterra con la íntima convicción de que allí había de lograr la soñada perfección, tuvo que dejarse ganar por el embrujo de la capital del mundo católico y por las lecciones que trascienden de las obras de arte que en sus museos se custodian. Aprendió poco el artista en Roma; no logró vencer las dificultades que a cada paso le asaltaban, ni orientar su arte por un camino preciso libre de vacilaciones, ni crearse un estilo definido. Después de dos años se hallaba aún sumido en la misma perplejidad cuya angustia le atosigara. Más, su gusto fue depurándose, su cultura se aquilató, su vocación se afirmó. Y, aunque al marcharse, en aquella su impetuosa fuga, creyó que había malogrado unos años irrecuperables y se dio cuenta, con terrible desilusión de que aún se hallaba en los comienzos, el bagaje adquirido le sirvió más tarde para eludir gran parte del academicismo a que fue sometido inexorablemente por su férreo profesor francés, intolerante hasta el fanatismo en materia de técnica. En cambio, en Francia adquirió nuestro pintor grandes conocimientos. Estudió y admiró a los maestros del arte francés: al mágico Ingres, al que Laurenz y sus discípulos adoraban como a un ídolo por la maravilla de su dibujo, y la perfección formal, y la armonía de la composición, y el equilibrio del todo, juntos con el realismo y hasta el romanticismo de sus concepciones, aunque el color para él, lo mismo que para tantos otros, fuera secundario. ¿Cómo no entusiasmarse con Ingres cuando para Carriere, el pintor que más influyó sobre el nuestro, es aquel el maestro supremo? Los paisajistas, por contraposición, no le cautivaron en demasía. Corot, con su convencionalismo, no despertó apenas emoción y de Coubert, que como reacción contra Delacroix lleva a sus cuadros temas que el romanticismo había eliminado, toma su incipiente realismo sacado de los eternos modelos de Tiziano, de Murillo y hasta de Rivera y aprende a utilizar la espátula para empastar el lienzo y crear así una pintura densa, plena de corporeidad. Estudia, asimismo, al ordenado Puvis de Chavannes, el gran decorador del equilibrio de las masas, de la diafanidad de sus creaciones tan perfectamente engarzadas como un discurso lógico. Y a Manet, Monet, Renoir y Degás, que con la técnica del impresionismo le mostraron el arte de juntar los colores sin mezclarlos, que lleva a su exageración a utilizarnos tales como salen del tubo, sin fusión alguna ni siquiera con el blanco. Es Carriere, sin embargo, su auténtico maestro. Laurenz había sido su profesor, pero él se consideró verdadero discípulo de aquél, un pintor de fuego contenido, que palpita a impulsos de un alma sofrenada y obediente a los mandatos de la voluntad consciente que sabe a donde va y por qué camino marcha. Con Carriere aprendió, de momento, Nicolás Massieu a moderar los impulsos de su fuerte temperamento, a limitar sus violencias congénitas para darnos una manifestación de fuerza y de reposo. Aprendió a vivir, como aquél, una vida apartada, libre de las inquietudes y rivalidades que acibaran con demasiada frecuencia el espíritu de los artistas. En su casa o en el campo aislado de todo contacto pernicioso, el artista se entrega a su creación serenamente. Y para eludir toda crudeza envuelve a las figuras en una luz velada, como si fuera bruma de atardecer… A Francia debió mucho Nicolás Massieu. Allí aprendió a domeñar sus inclinaciones, a disciplinar su voluntad, a mantener viva, libre de toda decadente claudicación, el ansia que le arrastrara desde la más temprana edad a realizar obra de arte, a trabajar de manera infatigable, austera y hondamente. Conocida es de los amigos una anécdota que considero ejemplar: cuando recién llegado de Roma, con pretensiones de pintor ya iniciado, se presentó en la academia, el maestro Laurenz pronunció unas frases despectivas y le recomendó que abandonase los pinceles o se sometiese en absoluto a sus enseñanzas, empezando otra vez por los dibujos más elementales. Tenía entonces veinte y siete años y podemos imaginarnos perfectamente lo que tal alternativa suponía. Pero de la prueba salió triunfante gracias a su enorme tesón y a su fuerte voluntad: empezó de nuevo por el principio; trabajó de modo infatigable durante quince y más horas diarias; rompió dibujos y más dibujos. Al cabo de un año de esta ímproba labor tuvo la inefable satisfacción de comprobar sus adelantos y de lograr el aplauso de su maestro, tan parco siempre en expresiones laudatorias. En Francia adquirió nuestro artista algo de que carecen muchos pintores actuales: la técnica, el oficio. Esa técnica que se halla dentro de la artesanía y sin la cual ningún maestro e antaño merecía tal calificativo. No es, ciertamente, un intuitivo de los muchos que entre nosotros se ha producido, que han realizado sus obras sin más guía que su inspiración, sin más norte que un innato buen gusto y sentido pictórico, pero a los que, a última hora les falta la preparación necesaria para salvar el límite entre la incierta promesa y la maestría. Tiene, por el contrario, una noción clara de los obligaciones que su arte le impone; no vacila en romper con una modalidad cuando la misma deja de responder al imperativo de su severa autocrítica; y así se puede decir que es un constante alumno, ávido de aprendizaje y presto a todas las rectificaciones; él que ya podría dar descanso a sus inquietudes por haber alcanzado una espléndida madurez. Pero es curioso observar como este pintor, a despecho de tantas exóticas influencias, o, quizá, precisamente por ellas, retorna a la larga a la gloriosa tradición española. Y digo esto porque en el fondo de su ser late la mayor veneración por los maestros nacionales que se hallan siempre presenten en algún aspecto de su producción. Claro es que ello no puede extrañar porque sabemos que una gran parte de los artistas franceses del siglo XIX, precisamente los más admirados por el nuestro, no pudieron escapar a las lecciones eternas que dimanan de los cuadros que el arte patrio ha producido con generosa prodigalidad. Nicolás Massieu, obediente a esa su convicción artística antes señalada, ha cultivado casi todos los géneros; pero hoy, por la premura del tiempo, haré un breve análisis de solo cuatro de ellos: el retrato, las marinas, el bodegón y los paisajes. Como retratista obtuvo sus primeros éxitos. Recién llegado de París envió su autorretrato a una exposición, en Barcelona, y de él dijo la crítica catalana. «Entre los buenos –unos doce– se encuentra Massieu y Matos». En 1923 concurrió a otro certamen nacional con el retrato de Tomás Morales y más tarde hemos podido admirar a oros muchos entre los que en este momento recordamos de modo especial a los que representan a su madre, a D. Juan Melián Cabrera y al pianista Romero Spínola. En todos ellos ha perseguido el parecido físico, logrado con singular acierto; pero, ¡cuánta elegancia y distinción, cuanta psicología, cuanta nobleza libre de recursos y cuanta técnica acusa igualmente! Como autor de marinas es una verdadera pena que este pintor no haya producido con más extensión obras de esta naturaleza. Las reducidas muestras que de ellas tenemos acusan una interpretación perfecta y una manera original, fuerte y sobria que le hacen triunfar plenamente en este difícil género, tan poco grato, en general, a los artistas españoles y que entre nosotros se ha cultivado con maravillosa maestría del gran Néstor, cuya pérdida no lloraremos nunca lo suficiente. Precisamente, fue una marina la obra seleccionada de las que Nicolás Massieu envió a la Exposición de artistas de esta Provincia celebrada en Madrid, que dio ocasión a que le fuera concedida la Cruz de Alfonso el Sabio, que en este día se le impone. En cuanto al bodegón, ¡que extraño contraste y curiosa sorpresa nos ofrece esta modalidad de nuestro artista! Porque cuando no se ha profundizado en su psicología y temperamento, parece imposible esta amorosa delectación con la que trata a seres humildes, como son las flores y los frutos. Y, sin embargo, las naturalezas muertas, a despecho de cuanto pueda creerse, constituyen una especie de piedra de toque de las almas exquisitas y de los gustos refinados. El pintor se acerca a ellas con sencilla unción, percatado de su intrascendencia y fragilidad, para tratarlas con ternura y cariño, recreándose con goce sensual que alcanza a casi todos los sentidos y con limpieza espiritual libre de toda perturbadora preocupación. Pero, al mismo tiempo, jamás obra alguna exige del artista mayor verismo, una más grande riqueza de paleta, supeditada casi en absoluto a los pródigos cromatismos del natural, que hay que trasladar al lienzo con plena exactitud y realismo. Por eso ha sido objeto de tanta predilección en la pintura española. En la memoria de todos se hallan presentes muchos de los cuadros de esta índole exhibidos en la última exposición celebrada a principios de años en el «Gabinete Literario», cuyo éxito resonante sirvió para plasmar en un proyecto este homenaje hace tiempo debido, y no considero necesario insistir en la descripción de ninguno de ellos. Y, por último, llegamos al paisaje, que ex-profeso he dejado para el final. En ellos el artista ha trabajado con mayor detención y en ellos ha alcanzado esa rara maestría que a todos admira por manifestar un sello peculiar que les dota de inconfundibles caracteres. Nuestro pintor empezó a tratar los paisajes, solo como un medio para lograr el dominio de la luz y el color, para liberarse de aquella oscuridad de sus primeras producciones que antes anoté. Como él dice bien, un latigazo es siempre aleccionador y una lección constituyó aquella apreciación de la crítica que la saludable franqueza de un amigo le hizo conocer. Había que vencer una dificultad, había que rectificar una tendencia, y empezó entonces una nueva lucha perseguidora de un nuevo ideal. De cómo triunfó son buena prueba todos esos lienzos en los que la luz y el color casi nos ciegan. Y es curiosa la evolución que en este género ha experimentado el autor. Primero eligió trozos de naturaleza casi preciosista, con árboles floridos, y prados húmedos, y montañas cultivadas; paisajes que recordaban algo aquellos un tanto amanerados de la escuela francesa. Más, luego, su temperamento fuerte y bravío ha ido prescindiendo de todo lo que pudiera parecer bonito para darnos una manifestación arquitectónica recia y sobria. Y todo ello siempre rodeado del más encantador ambiente, producto de su amplia paleta, que es arrancado de una inverosímil realidad, verdadera tortura para los no iniciados. La luz de nuestro cielo, proyectada sobre las duras y extrañas aristas de las cumbres de la isla, da lugar a los más variados colores y dentro de ellos, a infinitos matices. El artista modela utilizando el claro oscuro para producir el relieve; y, al mismo tiempo, esta luz tan ambigua y difusa, produce gradaciones múltiples en las que se mezclan colores fríos y calientes, y para aprisionarlos y trasladarlos al lienzo se hace indispensable dominar todos los secretos de la pintura y poseer una enorme experiencia óptica. Técnica y pupila son las cualidades esenciales que pueden hacer de un buen pintor un extraordinario paisajista, y que posee en grado excelso Nicolás Massieu. Pero, además, para ser paisajista representativo se precisa amor intenso a la tierra, ese cariño entrañable que como pocos siente nuestro artista y que le hacen caer casi en el naturalismo, porque estudia la naturaleza con delectación y no ve en sus manifestaciones un simple motivo estético, sino la necesidad imperiosa de darla a conocer con una veneración rayana en el panteísmo. No es el suyo un amor fácil y espontáneo. Ha sido necesario un largo transcurso de tiempo en contacto íntimo con la tierra para llegar a esta compenetración y a desvelar sus secretos. Ha sido preciso que cada piedra fuera objeto de observación en diferentes ocasiones y en pocas horas variadas para que se produzca esa única obra de arte que constituye la serie enorme de cuadros realizados bajo el símbolo de esta temática insular. Por eso es Nicolás Massieu el «Pintor de Gran Canaria». Y aquí termino, señoras y señores. El asunto se presta a largas y profundas sugerencias y a amplios y jugosos comentarios. Pero no es posible abusar por más tiempo de vuestra paciencia, arto sometida a prueba». «Cabildo Insular» 6 de septiembre de 1946. Al terminar el señor Cullén su documentada disertación fue muy aplaudido. Imposición de la Insignia Inmediatamente el Excmo. señor Capitán general de Canarias, laureado general don Francisco García Escámez, deja la presidencia y se coloca en el estrado del salón. Le sigue el pintor. El general García Escámez comienza diciendo que nada tiene que añadir a las elocuentes palabras pronunciadas por los oradores que le han precedido. Agregó que se sintió muy honrado cuando por las autoridades que organizaron y patrocinan el acto le fue ofrecida la presidencia del mismo y porque, además, siente un gran afecto por el ilustre pintor canario don Nicolás Massieu. Añade que para él es un motivo de gran satisfacción prender en el pecho de tan preclaro hijo de Gran Canaria una justa recompensa otorgada por el Gobierno en nombre del cual –dice– «voy a imponer al pintor canario don Nicolás Massieu la insignia de la orden de Alfonso X, el Sabio». Una cerrada salva de aplausos acogió las palabras del Capitán general que, cariñosamente, abrazó al homenajeado. Inmediatamente prendió en su pecho la condecoración. Nuevamente, el general García Escámez, dio un abrazo cordialísimo al ilustre artista. Ambos mostraron una fuerte emoción. El general García Escámez ocupa su puesto y el homenajeado pronuncia las siguientes frases: Discurso de Don Nicolás Massieu Excmos. Sres. Sras. y Señores: Sean estas mis primeras palabras de agradecimiento a las dignas personalidades que con su presencia dan realce a este acto que tanto me honra a la vez que han tenido para mi modesta persona palabras muy encomiásticas. Y a todos vosotros que me acompañáis en este momento, uno de los más emotivos de mi vida. Mi agradecimiento también a cuantos han intervenido en la organización de este homenaje. Por reacio que sea nuestro temperamento a estas consagraciones públicas, preciso es confesar que cuando han sido movidas exclusivamente por el afecto, no podemos menos de experimentar en lo más hondo de nuestro ser, el consuelo intenso que significa sentirnos comprendidos y asistidos, en este afán artístico. Gracias también muy especiales a S.E. Excmo. Sr. Capitán General de Canarias, por habernos dignado honrarme colocando sobre mi pecho la preciada insignia de Alfonso el Sabio, con la que el Gobierno me distinguió a raíz de la exposición de artistas de esta Provincia, celebrada en Madrid el año de 1944. Cuando el Ser. Director General de Bellas Artes, Marqués de Lozoya, pagó por nuestra isla, pudo darse cuenta de que entre nosotros latía un ansia grande de realizar obra de arte, y que las diferentes manifestaciones del mismo se hallaban dignamente representadas por artistas que trabajaban con honradez. Y notó por añadidura un sello peculiar que nos dotaba de cierta personalidad nada despreciable, dentro del maravilloso conjunto del arte patrio. Nació entonces en su mente, el deseo y el propósito de organizar en Madrid una exposición de lo más característico, y a su aliento y generosidad, compartido por entidades y corporaciones locales con verdadero entusiasmo y desprendimiento, se debió la realización de aquel certamen, al que concurrimos con nuestras modestas producciones, presididas por los doce cuadros que componen esa maravilla de la pintura «El Poema del Mar» creación del genio de Néstor. Tuvimos la honra y el legítimo orgullo de que nuestras obras fuesen expuestas con toda dignidad en los salones del Museo de Arte Moderno, y recibimos elogios alentadores de los críticos de arte madrileños. Nada de ello sin embargo, hubiese sido posible sin la alta protección del que se convirtió desde el primer momento que mantuvo contacto con nosotros, en nuestro buen amigo. Y, para remate de tanta atención y delicadeza, se nos concedió la Cruz de Alfonso el Sabio, como la más elevada recompensa a que podíamos aspirar. Al hablar en plural, lo hago porque estimo que el honor concedido lo fue a la colectividad de artistas de esta Provincia y que, si recayó en mi persona, lo fue solo porque al certamen se aportó el fruto de una vida artística más dilatada. Tal es mi firme y honrada creencia. Y, por ello, al ostentar este galardón me considero como mero depositario de lo que, por su condición, exige ostentación personal. En nombre propio, pues, y en nombre de los artistas canarios y de los que conviven con nosotros y con nosotros comparten inquietudes y afanes, gracias otra vez. Tanto honor nos obliga a mucho, y por ello debemos comprometernos a no cejar en el empeño de intentar una constante superación, hasta lograr que el nombre de nuestra provincia, sea cada vez más destacado, y engrandecer, si es posible, el de la Patria. Grandes aplausos rubricaron las palabras del insigne pintor. El salón del Cabildo Insular estaba totalmente lleno de un público selecto compuesto por concejales del Ayuntamiento, consejeros del Cabildo Insular, elementos docentes, artistas, amistades y familiares del señor Massieu y Matos. Después del acto, el pintor fue felicitadísimo. Por la noche, en torno al ilustre pintor, se reunieron en cena íntima las autoridades y personalidades. Nuestro agradecimiento a la Universidad de las Palmas de Gran Canaria (ULPGC) por asesorarnos en el uso y manejo de su Archivo de Prensa Digital de Canarias “JABLE”, departamento Biblioteca Universitaria. Imagen y texto del 08/09/1946 Falange: Diario de la tarde – Página 5. Transcripción del texto de la imagen digitalizada “Grupo Artemorilla – www.artemorilla.es”.