Jesús Zurita – Cortesía de la Galería Gema Llamazares

Saber desnortado

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    Galería Gema Llamazares
  • Lo que sé y lo que me gustaría saber de Jesús Zurita. ÓSCAR ALONSO MOLINA A lo largo de los años he tanteado diversos caminos para acercarme a la obra de Jesús Zurita, una de las que más me ha hecho discurrir y disfrutar en nuestro presente estético. Me pide ahora Gema Llamazares que lo presente, introduzca una vez más al público de la exposición que durante los meses de noviembre y diciembre se podrá visitar en su galería de Gijón. Con frecuencia he propuesto leer esta obra bajo la ancha cúpula del Barroco, como una manifestación en clave contemporánea de la exuberancia, lo ubérrimo, lo proliferante y sin centro, de la misma manera que en su día lo propuse en la estela del simbolismo y el decadentismo, todo él cargado de vapores de estancias cerradas y un tanto claustrofóbicas. El Romanticismo envolvente es otra de las claves para su interpretación que en algún momento he formulado públicamente: un arte de la disolución, la anulación del sujeto frente al telón de fondo de la naturaleza sobrehumana, desmesurada y acongojante. Lo sublime: no somos nada. Pero es que tampoco somos nuestros, porque estas tres últimas notas (la simbolista, la decadente, la romántica) apuntan hacia otro substrato que también he llegado a postular como nuclear en su trabajo: lo demoníaco, aquella parte que constatamos como humana pero que pertenece a lo otro. El fondo oscuro de la Naturaleza que las imágenes de Zurita ponen en evidencia es, qué duda cabe, la parte del mal que, habitando en nosotros, somos aún capaces de reconocer desde fuera, desde un exterior que todavía conserva la capacidad del lenguaje. Pero sería sólo cuestión de dejarse llevar un poco más… ¿Más exégesis? Dejadme recordar…. A ver, también el aspecto crocante de sus figuras, el primor de su factura como de ornamentos vegetales cristalizados y el desorden que rehúye a las simetrías geométricas me llevaron recientemente a ponerlo en línea con la estética del Rococó. Del mismo modo que descubrir cómo sus grandes instalaciones murales (aunque es algo que también pasa en los cuadros y los dibujos, incluso los más modestos -algún día me gustaría hablaros de sus agendas de trabajo, que sólo he conseguido atisbar en muy contadas ocasiones-) se prestaban a ser leídas como auténticas partituras, me animó hace no mucho a una lectura desde la óptica del grutesco e incluso desde la rocalla, donde lo animal, lo vegetal y lo mineral resultan ya por completo indiscernibles. Esta idea de ornamento me parece se ha fijado ya en su fortuna crítica de manera perenne. ¡Ah!, se me olvidaba: y a la clave del dibujo como eje y motor de toda su poética le dediqué una exposición que todavía considero decisiva para la interpretación pública de su trabajo. Lo siniestro, como aquello que conserva la apariencia de lo vivo y de lo familiar o cotidiano, a pesar de presentarse, de hablarnos realmente desde otro plano, lo he destacado con frecuencia como un elemento decisivo en su caso. Igualmente, el perfil dionisiaco en su tratamiento de las materias, ese mundo concupiscente que es todo él confusión gozosa y sensual de consistencias, de untuosidades, de cosas que entran en contacto, chorrean, gotean y salpican, que se extienden, ocupan e invaden, que cubren… eso también lo he acusado como algo que nos sirve para localizar el nudo -el numen, más bien- de esta obra inabarcable donde la risa ocupa un lugar inmenso, pero no evidente. La angustia sería otra cifra sobre la cual en algún otro momento he llamado vuestra atención. Aunque ahora hablaría de ella al hilo de esa desconcertante comunidad que seres y enseres forman en este universo donde entre lo natural y lo artificial no hay solución de continuidad posible, pues en el caso de la obra de Zurita contemplamos casi siempre un magma si no indiferenciado o inarticulado, sí al menos expuesto como un continuum sin cortes ni fracturas. El cómic, del que el artista es un auténtico consumidor, o el cine, del que sabe como pocos que yo conozca, son temas pendientes que probablemente otros tendrán que tratar con más conocimiento de causa que yo, pero conste que los reconozco como una parte fundamental de su poética. Por lo demás, me gustaría poder llevar a cabo en el futuro una exposición sobre los tormentos psicológicos que destila su obra: convirtiendo por ejemplo en protagonistas principales a esos seres que a menudo asoman tímidamente en sus imágenes, conscientes de su aspecto ridículo, de su situación desesperada, insignificante, patética a veces… Las tentaciones de San Antonio están todas aquí, en esta obra. Personajes equívocos y turbadores que concretan con su presencia lo que el ambiente ya anuncia: el desconcierto de un mundo que se desordena de manera antinatural, perversa y enloquecida, al borde de lo surreal. Si el mundo de Zurita parece poco menos que inhabitable, sus caracteres, dolientes, neuróticos, patológicos, no resultan mucho menos atractivos para seducir a la intimidad… También me gustaría en algún momento tratar de frente ese substrato tan esquivo, tan difícil de concretar que empuja sus escenas al mundo del drama y la tragedia. De hecho, la idea de desenlace y de la organización narrativa de su obra son puntos que he tratado aquí y allá, a lo largo de estos años, pero que nunca me he visto capaz de asumir hasta sus últimas consecuencias todavía. Quizá algún día sea posible. Otra exposición con la que fantaseo a veces me lleva a poner las piezas de nuestro protagonista junto a los autores y las obras que veo en ellas parafraseados. Quién sabe… De momento os dejo con la última de esas claves que he manejado a lo largo de nuestro trato, que ya empieza a ir para largo. La dejé sólo apuntada justo antes de despedirme la última vez que escribí públicamente sobre el artista hace unos meses, y aquí, por razones de tiempo y espacio, y también de estrategia, sólo voy a repetir, a nombrarla en voz alta de nuevo. Es la que tengo en la cabeza cada vez que pienso en su trabajo desde que él mismo me la explicitara en mi última visita a su estudio, en Granada. Estábamos hablando de las obras al hilo de un proyecto expositivo que teníamos entre las manos; Jesús era capaz de mantener una conversación exigente mientras dibujaba sin interrupción y a notable velocidad con un rotulador prácticamente gastado (es un truco técnico del que ha sacado una rentabilidad enorme). “Dibujaba” quiere decir que planificaba la escena mientras la desarrollaba y resolvía, no que se limitara a rellenar o concluir lo que una estructura ya definida le guiaba. A mí eso me tenía asombrado, y sólo el hecho de comprobar que era capaz de abordar y construir un dibujo complejo en su totalidad mientras respondía a mis preguntas con precisión y calado, me llevaba a mí mismo a estar a la vez dentro y fuera de una conversación en la que él participaba por completo sin interrupciones ni pérdida de concentración. En medio de mi esfuerzo y su facilidad Jesús me lo dijo no sé con qué palabras, posiblemente con estas: “Óscar, vamos a ver, al cabo es lo de siempre: el amor y a muerte”. Y con ese ritornelo sigo; obsesivamente, sin podérmelo quitar de la cabeza. Sólo os lo quería repetir, por si os sirviera de alguna ayuda y me temo que con la secreta esperanza de enfermaros un poco con él, quizá para que con el contagio se alivie un poco mi carga vírica. El amor y la muerte están ocupándolo todo en esta obra, ¿no lo veis? Naz de Abaixo, Lugo, Octubre 2017

  • Dónde

    Gema Llamazares Galería de Arte / Gijón, Asturias, España
  • Inauguración

    10 nov de 2017  /  20:00

  • Artistas que participan en Saber desnortado


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